martes, 1 de diciembre de 2015

Pensando en ti

¡Hola a todos y feliz martes! 

Hoy tenemos algo un poco especial y es que en vez de hacer algún book tag u otras entradas que tenemos en mente, hemos decidido colgar un pequeño relato. ¡Esperamos que os guste! Se titula "Pensando en ti".



El sol entraba a raudales por la ventana cuando despertó. La luz era dorada, luminosa, de un tono cálido y liviano. Hacía que se hiciera feliz. Le gustaba la luz de la primavera. Era fresca, juguetona y creaba sombras mientras se escondía entre los pliegues de las nubes. La primavera era su estación favorita y su luz siempre era perfecta. Le recordaba al sabor de las naranjas y a la viveza de los dientes de león que florecían en el parque bajo su ventana.

Javier se levantó de la cama. Quería moverse y sentirse tan vivo como el aire aunque le gustaba remolonear entre las sábanas calientes y fingir que aún no había despertado. Dejar que los sueños durasen un poco más. Javier creía en los sueños más que nadie. Creía con ferviente fe porque su alma sabía que los sueños se cumplían si eras lo suficientemente valiente para buscarlos.

Desde pequeño se dedicaba a cazar sueños. Ponía su corazón en ellos, se entregaba por entero y a veces, no siempre, los sueños se dejaban atrapar por él. Era como formar parte de un club selecto dedicado a averiguar secretos y a descubrir sus maravillas. El niño que había en él se deleitaba con cada misterio. Siempre le sabían a algodón de azúcar y especias dulces.

El olor del café recién hecho terminó por despabilarle. Acercó la taza verde a los labios inspirando profundamente y dando un largo sorbo. A veces le parecía muy fácil ser feliz. No necesitaba grandes cosas, solo placeres sencillos y cotidianos. Una vieja taza de café, sábanas calientes, el sonido de una guitarra y una sonrisa. Javier amaba las sonrisas.

Sus labios sonrosados formaron una sincera y amplía curva al escuchar el ruido dulce que provenía del salón. Sin prisa, llenó otra taza, esta vez con chocolate, y dejó que se calentara antes de cruzar el pasillo llevado por la música. Movía los pies a su ritmo y de vez en cuando taconeaba sobre la colorida alfombra.

Su sonrisa se hizo más amplia al entrar al salón. Donde debía estar el largo sofá negro solo había papeles. Decenas de partituras las unas sobre las otras amontonadas y en desorden. En la mesa de caoba, los últimos restos de un abundante desayuno que no había recibido clemencia y repartidos por el suelo, aquí y allá numerosos cojines grises que contemplaban como aquellos dedos largos, delgados y ágiles rasgueaban las cuerdas con una púa blanca. Ella era delicada en cada movimiento que desprendía elegancia mientras los ritmos se deslizaban con la fluidez de un río, mansa y quedamente en algunos tramos y restallando de vivacidad en los tempos rápidos. Javier contempló la habitación desde el quicio de la puerta sin hacer ruido, sin interrumpirla. Era su música lo que más le cautivaba, aquella belleza naciendo del desorden. 

Porque aquella mujer era un caos. Pero era su caos favorito.

Estaba justo bajo el ventanal donde la luz de la primavera caía hasta descansar sobre el cabello castaño, largo y liso, que tanto le gustaba acariciar. Ella dejó de tocar y las vibraciones de las últimas notas flotaron en el aire hasta desaparecer. Miró la púa que descansaba entre sus dedos, la misma que Javier le había regalado y sonrió, una sonrisa amplia y sincera. Murmuró para sí las palabras que estaban grabadas en ella con letra azul y Javier supo que en su cabeza escuchaba la canción que más amaba. Aquella a la que hacía referencia y siempre sonaba en sus aniversarios.

"Pensando en ti"

Ella giró la cabeza para mirarle al captar el aroma del chocolate y su sonrisa se profundizó con un brillo de alegría que desprendía de sus ojos de color miel.

Ella era como la primavera. Ella era su caos. Era el último sueño alcanzado, no tenía que buscar más. Javier por fin tenía un hogar dorado y luminoso. Uno del no que se cansaría jamás. Acercó la taza roja con el chocolate y se sentó junto a ella, besando la frente despejada. Ella dio un largo sorbo al dulce y sus labios pidieron silenciosamente un beso. Rodeados de partituras, de sueños cumplidos y de sonrisas brillantes se encontraron el uno al otro con la luz de la mañana de único testigo. La felicidad tenía un nombre. El más bonito y hermoso de todos.

Helena. 



Este ha sido el relato. ¿Qué opináis? ¿Os ha gustado? Aceptamos todo tipo de sugerencias y esperamos que lo hayáis disfrutado. ¡Feliz martes!

MJ